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Página:Gómez Carrillo - Ciudades de ensueño (1920).pdf/38

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dijo la beata reina—, he aquí el lugar del combate. ¿Dónde está el monumento de la victoria?" Y luego, tomando una determinación enérgica, exclamó: "Descubramos esta ruina, para que sea visible a todo el mundo." Más tarde, mucho más tarde, cuando los cruzados conquistaron el Sepulcro, Tancredo, animado de un santo delirio, creyó ver la ciudad tal cual Nuestro Señor la había visto, pero entristecida por su duelo eterno. "El aspecto de sus campos estériles y de sus montes quemados dice Michaud, presentaba a los guerreros una imagen de luto." Esta imagen, que se ha perpetuado a través de los siglos, es la que hoy nos emociona en cuanto penetramos en el laberinto de sus calles. Todo es triste entre sus muros. Los jardines mismos, tan raros, casi no están poblados sino de árboles consagrados al amor y al dolor, mirtos y cipreses, cipreses y mirtos...

Cuando nos asomamos al inmenso balcón que forma, en el antiguo recinto del Templo de Herodes, la terraza del Haram—ech—Cherif, lo primero que aparece ante nuestra vista, en el flanco seco de la montaña, es el camposanto bíblico con las tumbas de Absalón, de Zacarías y de Josafat.

Algo más lejos, al pie de las murallas antiguas, junto a la Puerta de Sión, los guías nos enseñan la tumba de David. En las inmediaciones de la Puerta de Damasco, en medio del valle del Ce-