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Página:Gómez Carrillo - Ciudades de ensueño (1920).pdf/39

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drón, donde hoy se hacen enterrar los judíos ricos, encuéntrase la tumba de Jeremías, que es una gruta helada y negra. Muy cerca de ahí, al lado del convento de San Esteban, en un sitio admirable, las dos tumbas más suntuosas de la Palestina, la de los Reyes y la de los Jueces, abren sus fauces gigantescas; del otro lado de la ciudad, entre los vergeles plantados por los griegos, existe aún la tumba del magnífico rey Herodes. En la falda del monte de los Olivos, cerca del Jardín de Ghetsemaní, los frailes ortodoxos oran día y noche ante la tumba de la Virgen María. En una de las calles más céntricas, en el camino del Calvario, entre los Bazares y la mezquita de Omar, las mujeres veneran la tumba de Santa Verónica.

En el valle de Josafat, junto a Absalón y Zacarías, descansa en su tumba Santiago el Menor. En una sacristía griega, en fin, los peregrinos franceses se arrodillan ante las tumbas profanadas de los dos santos guerreros Godofredo y Balduino...

Pero estos sepulcros sagrados, que en otro sitio bastarían para formar la más extraordinaria necrópolis del mundo, no sirven aquí sino para rodear otro sepulcro sublime, el del Hijo del Hombre, el Santo Sepulcro de la Santa Jerusalén.

Todo, en realidad, gira, para los cristianos, dentro del recinto hierosolimitano, alrededor del Sepulcro. Lo que yo tomaba al principio por un hálíto mortuorio, es un aliento sepulcral. La población vive, la población se mueve, la población palpita. Pero sólo en torno de una cripta fúnebre.