donde existió un palacio, otros palacios han ido construyéndose sobre sus ruinas." Hoy, ya ni ruinas existen.
"Aquí fué", murmuran los que nos acompañan.
Si preguntamos en qué sitio preciso, nadie puede, a punto fijo, señalarnos una piedra.
Cuando empezamos nuestras peregrinaciones por las alturas de Sión, la mente se exalta pensando que vamos a ver, por lo menos, un muro de aquellos que oyeron los salmos del rey profeta y los cánticos del rey poeta.
Mas, ¡ay!, las manos doctas no hacen sino ademanes vagos, que abrazan todo el espacio. Aquí..aquí... Lo que algunos llaman "restos", no son, en realidad, tales restos. No son sino lugares vacíos, en los cuales arqueólogos apenas descubren indicios de monumentos señalados por Flavio Josefo o por las tradiciones locales. Los únicos que ven algo positivo son los que desdeñan las realidades vulgares y saben evocar grandezas remotas.
"Aquí estaba el palacio de Salomón", aseguran los guías.
¡El palacio de Salomón!... En el acto, la fantasía ve elevarse el alcázar milenario, con todo su lujo y toda su grandeza.
"Tenía cincuenta codos de largo y treinta de ancho y treinta también de alto", dice el "Libro de los Reyes. Sus columnas eran de cedro del Líbano, lo mismo que las del Templo. El rey Hirán había mandado barcos cargados de soberbios troncos. También había mandado arquitectos que co-