nocían los secretos artísticos de Tiro y de Sidón, y cuyas concepciones parecían fantásticas a los hierosolimitanos. Porque si los hijos de Israel conocían el lujo, en cambio ignoraban el arte. Guerreros y fanáticos, conquistaban las ciudades para destruirlas en nombre de Jehová. Sus altares cabían en un arca, que los soldados llevaban entre sus máquinas de guerra. Sus viviendas eran tiendas de lana o chozas de lodo. La Ley Mosaica les prohibía reproducir en esculturas o en pinturas las formas vivas. Resultaba, pues, necesario que los obreros fuel an extranjeros para realizar el sueño suntuoso del hijo de David. "La belleza de las piedras en el interior del palacio dice Josefo era resplandeciente. Algunas de ellas astaban ornadas de las más admirables labores de escultura, representando árboles y plantas de toda clase, con ramas y hojas cinceladas de tan artistica manera, que parecían agitarse disimulando la piedra que cubrían. Todo el resto, hasta el techo, estaba ornado de pinturas multicoloras." En cuanto a la grandeza y la variedad de los regios aposentos, Josefo, temeroso de profanarlas, se niega a describirlas. "Es imposible—dice—describir aquello como describir los boscajes que encantaban la vista y protegían los cuerpos contra los ardores del sol." En las estancias del aparato, todo era de oro, de marfil, de piedras preciosas.
Y todo relucía como un cielo constelado de estrellas. En el mundo entero, la fama de tanto lujo, de tanto esplendor, de tanto arte, hacía palidecer