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Página:Gómez Carrillo - Ciudades de ensueño (1920).pdf/78

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enormes escudos de oro y que ponen su nota de luz en el tocado de las beduínas. ¡Con cuánta fe se inclinan estos buenos joyeros sobre la labor comenzada! En la seriedad que demuestran, se ve que están convencidos de que no hay sacerdocio más respetable que el que tiene por objeto aumentar el encanto femenino. Y si los joyeros son sacerdotes, los reposteros son alquimistas. En el fondo de sus tiendecillas decoradas con cerámicas persas de gran precio, atizan sin cesar el fuego de sus hornillos bajo las retortas más enigmáticas. Un aroma riquísimo de miel, de canela, de rosas y de leche, embalsama las inmediaciones de sus puestos. Los niños y los perros forman a sus puertas una perpetua guardia de honor. Ante otras barracas donde también hay hornillos y retortas, pero que no huelen a canela, sino a aceite rancio, los que se amontonan son los miserables, los muertos de hambre. Porque no todo es lujo y labor feliz en estos "suk" benditos. También hay una galería, muy grande y muy poblada, que no es sino un mercado de andrajos, una "corte de los milagros" de Oriente. ¡Ah, lamentable y hediondo suk—el—kumeilé, que aun no había visto y que surges hoy de pronto, cuánto más patética es tu sordidez que la de todos los "rastros" occidentales! Envuelta en albornoces flotantes que se caen a pedazos, la pobreza de Damasco tiene actitades desgarradoras, que aun la pobreza de Rusia, muerta de frío, desconoce. Al salir de la galería de las sedas y de los perfumes, sobre todo, cuan-