Julio Huret, de quien tiene la ojeada pronta y despiadada y la frase instantánea. Y todo esto se funde y se armoniza, forma un tejido unido y sin costuras, sin piezas, atravesado por hilos de oro y plata, que nos avisan de que bajo el escritor febril vive un poeta que no desmaya por nada y a quien los mejores poetas de hoy saludan como a un gran hermano turbulento e infatigable.
Infatigable, esa es la palabra exacta. Su vida —que ha de referirnos pronto—recuerda la de aquellos magníficos artistas del Renacimiento italiano que derrochaban ardientemente tres o cuatro existencias en una sola y conocían la vida tres o cuatro veces mejor que los que no consumen sino una.
Pero no es mi intención trazar ahora las maravillosas aventuras del último de los románticos, que ha sabido realizar y renovar sin tregua y sin fatiga, en el curso de las semanas y de los días, tan monótonos para los hombres medio somnolentes, que somos casi todos, la mayor parte de los bellos ensueños que los demás sólo hemos acariciado en los ardores de nuestros veinte abriles.
No hablaré tampoco hoy del compañero a quien he conocido ya en el ocaso de mi vida, en la cual ocupa el mismo lugar que los más íntimos y queridos amigos de la infancia y de la adolescencia.
Pero quiero, por lo menos, antes de terminar estas palabras, recordar todo lo que debemos a