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ALBERTO GHIRALDO

Allí, en el conventillo del suburbio donde comía limosna de pobres, no tenía, de noche, luz para sus ojos ni ropas para sus carnes.

De día, cuando cruzaba las calles, era siempre objeto de las señales de algun transeunte. El gesto de éste parecía decir: aquel fué un poderoso. Y entonces se le miraba con el aire conque se mirarían las ruinas de soberbio palacio cubiertas de moho y de orín.

Marchaba con el cuello doblado, volcada al lado izquierdo la cabeza grande y calva. Iba á pasos cortos, los brazos á la espalda, unidas atrás las manos; el vestido raído y sucio hasta dar asco; la barba, ancha y blanca, pese á la higiene, le cubría el pecho flaco y hundido.

Se diría que miraba sin ver, tal era de marcada la indiferencia del rostro, la impasibilidad del ademán. Indudablemente aquellas pupilas no funcionaban; al menos la vida exterior no pasaba á través de ellas. El ser interno, podía afirmarse, no recibía reflejos de afuera.

Una vez, al doblar una esquina, un