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ALBERTO GHIRALDO

¿Qué pensamiento de melancolía podía preocupar á esa cabecita rubia, alegre y risueña á toda hora, y que, á guisa de bibelot, parecía solo hecha para servir de adorno en lujosa sala ó en la mesa de trabajo de caprichoso artista?

Y bien se conocía que lo que trabajaba en aquel cerebro era una idea triste. Como abismada en un recuerdo,—recuerdo de dichas muertas, — la mirada permanecía fija. El gesto de la boca, deformado por la presión de la cara al apoyarse en la mano sostenida por el respaldar de la silla, era doloroso, y se diría que una pena honda había asaltado aquel espíritu, haciéndolo reflexionar por la primera vez.

¡Oh poder del recuerdo! ¡Oh tirano! ¡Cómo invades, posesionándote y dominando, todo el ser! Así has llegado en esta ocasión también, avasallador, único, absoluto, autócrata, á sacudir un corazón que dormía...