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GESTA

sin dejarla terminar levantó la mano que cayó como un latigazo sobre la mejilla.

El escándalo se había producido. Uno de los concurrentes que, como otros muchos, observaba la escena desde su comienzo, se levantó de su silla y avanzando hácia el grupo:—¡Ah, flojo! sotreta! castigador de mujeres! yo te voy á enseñar!—dijo, y llevando la mano á la cintura atropelló resuelto.

Los demás se interpusieron.

Y á ese guapo de pico, ¿quién le dá velas en este entierro? yo quisiera saber! si ha de ser pura boca no más. pero aguárdate un rato, que después á de haber para vos también; no te aflijas!—exclamó el hombre que se había parado esperando la acometida de aquel Quijote de taberna.

Y ella, que había acudido al lado de éste, para evitar el choque, se expresó así:

Y Vd. no se meta, por que en estas cosas nadie tiene que ver nada, ¡sabe!—dijo de mala cara— de todas maneras