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ALBERTO GHIRALDO

la mitad del tranvía, prendido de uno de los extremos del asiento.

Desde allí siguió aturdiendo al desgraciado cuyo órgano auditivo venia á quedar en línea horizontal con su boca, que no cesaba en su tarea y se movía con movimientos de máquina, imprimiendo cierta regularidad á aquello que para algunos era desordenada gritería y que para el pobre niño representaba una serie de estudios llevados á cabo en esa escuela de profesores inflexibles que se llama miseria.

Él, que había cursado todas las asignaturas de los años preparatorios de esa rígida academia, sabía bien que el hombre aquel á quien aturdía y metía por los ojos el papel sucio donde estaban impresas las vidalitas falsificadas, le pagaría el precio estipulado por su autor con la comisión inclusive.

Efectivamente, después de repetir varias veces las exclamaciones de regla, el pillete estiró su mano alargando al pasajero uno de los papeles impresos. Este sacó de su bolsillo un billete mínimo y lo pasó al mu-