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GESTA

ran. ¡Aquella pequeña rueda de metal, colocada en el centro de la gran mesa, es la única que habla en voz baja, muy baja, con todas aquellas estátuas de carne que la rodean!

¡Hay algo cómicamente solemne en aquel cuadro!

Los que no juegan, porque sus últimos centavos han ido á parar á manos del cajero, yacen recostados en la pared, retirados de la mesa, con un aire tan triste, abandonados de tal manera á aquel ensimismamiento profundo ocasionado por la pérdida, que uno llega á pensar que en el mundo á aquellos infelices no les queda más apoyo que aquella sucia pared.

El dinero pasa de mano en mano con rapidez vertiginosa.

No hay embriaguez comparable á la del juego, y pocos organismos capaces de resistir á sus emociones.

«¡Sangre de jugador!» se dice, y con fundada razón, cuando alguien, arrastrado por no sé qué corriente diabólica, llega á los extremos mas desesperantes. El juego es una locura, el juego es una