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ALBERTO GHIRALDO

mentos asquerosos que han ido desgarrando del tronco, á manera de lobos hambrientos, los practicantes del hospital. Este quiere para sí una pierna, el de más allá se disputa un brazo, otro quiere un omóplato, y aquél con cara de sátiro, en cuyas facciones se revela el estoicismo de la costumbre, ese, quiere arrancarle el corazón!

¡La ciencia! El estudio, los descubrímientos modernos, la cirujía, todo lo que demuestre un esfuerzo, una aspiración, exijen el escudriñamiento, la disección. Y el desgraciado que sucumbió en la calle, presa del hambre y del frío; y el ebrio consuetudinario que quedó dormido para siempre una noche de invierno en el umbral de una puerta; y el forastero sin conocidos y sin recursos que cayó enfermo, y fué arrastrándose, en un día para él sin luz, como un mendigo, á pedir una cama en el hospital más cercano, todos estos olvidados de la suerte tienen que pagar su tributo á esa señora tan seria y de aspecto tan adusto que se llama: ¡La ciencia!