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ALBERTO GHIRALDO

aurora, pasan cerca, muy cerca de mi ventana, siempre abierta á la noche. Vapores de la tierra que el viento arrastra, ténues sombras de sombras, allá van en vértigo, confundiéndose, arremolinándose, en torbellino.

El escritor, que medita ante su mesa, se interrumpe para exclamar, apoyando la frente en ambas manos: ¡Quién sabe, ¡oh sombras blancas! si hecho luz y sofocado, no vá en vuestro seno el gemido del mundo! ¡Tanta sangre y tantas lágrimas se han vertido sobre la tierra!...

Y hé aquí que una línea negra se ha marcado en la albura. Semejante á una Ténia monstruosa, llena de anillos deformes, culebrea y se pierde. Después reaparece doble, con menor cantidad de anillos, pero formidablemente aumentada. Se hincha, como hidrópica, hasta que, enorme, estalla, revienta por el centro.

Vése entonces un fenómeno curioso. Los vellones blancos, manchados á trechos, parecen ahora de lana sucia. Hay lunares por todas partes, puntos negros que afrentan el nacar purísimo,