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GESTA

lucir su proyecto de huida, que empezó á poner en práctica.

Al trasponer la puerta del dormitorio para salir al patio, su pié fino y breve, aplastó la cola dé la perra Diana, guardián solícito y temible de aquella casa. El hermoso animal ni aulló siquiera. Desde hacía largo rato miraba con tristeza los aprestos de su dueña. Al levantarse, sacudiéndose, ella lo golpeó con rabia.

II

¡Qué espléndida era aquella tarde! El cielo parecía un inmenso cristal azul doblado en comba magnífica. Una serenidad imperturbable descendía de lo alto impregnando el espíritu de soledad y dulzura. Cuando cruzó la ámplia avenida, que divide la parte central de la ciudad, Luisa vió cruzar un grupo de niños pequeños, que saltaban riendo. ¡Si hu-