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ALBERTO GHIRALDO

—Convéncete, Cárlos, dijo, tú no eres un verdadero hombre de mundo.

Una carcajada franca, hilarante, llena de espontaneidad, acogió el aserto.

—Perdona esta manifestación, pero, considera, querido Lúcio, que, en realidad, eso que tú dices tiene, para mi, mucha gracia.

Esto lo expresaba Cárlos con cierto aire de superioridad de hombre que se sabe fuerte en todos los terrenos.

—Escucha, si me permites voy á esplicarme...

Y Lúcio, algo amostazado, incómodo por la actitud hábil asumida por su amigo, tuvo que dominarse para no cometer un acto de intemperancia.

—Tú conoces la vida en casi todas sus faces, es cierto. Yo te he visto, te he seguido en tú marcha; sé de cuantas audacias es capaz ese corazón. Tus pasos los he contado y, más de una vez, he contemplado tu figura, gallarda y brava, enhiesta sobre la tempestad. como la de un luchador aguerrido á quien los golpes enardecen.

—No puedo negar que estás elocuente