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ALBERTO GHIRALDO

y agitaba en la mano una hoja de riquísimo papel de esquela donde se veían escritas algunas palabras. Eran éstas: «Venga Vd. hoy á las cinco; se lo agradeceré. Necesito hablarlo»

No había lugar á dudas. Jorge tenia razón. Sus pronósticos se cumplían.

—Bueno. pero esto no basta, dijo Lúcio; es indispensable otra constatación. En cuanto á mí, no me doy por derrotado.

—Eres ciego pero yo haré que veas aunque tengas los ojos cerrados. Esta tarde, á la hora marcada aquí,—y levantaba en su mano el pliego color rosa,—entraré en su casa delante de todos Vds. Me imagino que esto será definitivo y que...

—Yo creo que quien vá á hacer algo definitivo contigo es su esposo, le interrumpió Lúcio, pero de todas maneras estaremos allí á la hora convenida.

—Entre tanto no hay más que hablar, señores. Hasta luego. Me voy porque algunas tareas urgentes reclaman los pocos minutos que faltan para la cita. Con que, hasta entonces, y á prepararse