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ALBERTO GHIRALDO

hasta rajar la piel. Brotó la sangre. levantó las manos crispadas y se abalanzó fuera de la habitación.

El cerebro, débil ya, parecía agitarse en las sombras de la inconsciencia absoluta.

Y entonces el pesar dé la infeliz estalló en el grito de la desesperación. Un rugido salió de su pecho, cayendo otra vez anonadada.

La desgraciada no ha pesado aún la carga de su dolor.

En la confusión de aquellos momentos no puede medir la inmensidad de su desdicha.

¡Oh, implacable destino! ¡Oh, ciego loco que así arrojas, á manotadas, polvos de amarguras!

IV

Han transcurrido seis meses. La escena pasa en el cementerio. Una denuncia que compromete á Alicia ha llegado á manos de un juez. En la muer-