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ALBERTO GHIRALDO

ras pesadillas, absolutamente monstruosas, al par que sin significación, para esa mayoria, aunque estén llenos de interés para todos los que como yo tienen por dichas cabezas un profundísimo respeto.

Al encontrarnos ayer, y después del franco saludo habitual, cordial y sincero, Julio, sin darme tiempo para interrogarlo sobre ningún asunto de actualidad como por distraerlo suelo hacer, comenzó su relato,—que me propuse escuchar con gran atención,—de la siguiente manera:

„Soñé anoche que era yo el muerto detrás del cual iba la pequeña hilera de carruajes ocupados por los que no podían faltar en la ceremonia del entierro.

Y mientras la carroza negra de los difuntos marchaba á saltos por la amplia y desigual avenida que conduce al más triste é inmenso de los cementerios, yo evocaba, con claridad y precisión, todos los detalles de la agonía.

La penumbra misteriosa del cuarto, donde estaban haciendo círculo, la madre reprimiendo el sollozo que ahoga; el hermano, columna altiva y fuerte del