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GESTA

pecial, aprendido en las tabernas ó en las cárceles, me tendió sus manos de conocido hablándome, al mismo tiempo, de escenas de niños pasadas allá, en su pueblo, hacía varios años y en las que yo había sido uno de los principales actores.

Yo le miraba, oyéndole estupefacto. Después, notando mi asombro ante sus palabras, y, como expresando un sentimiento inmenso, agregó con melancolía: ya no te acordás de mi! Yo soy...

El cojo Lima, le repliqué adelantándome á su revelación. Un gesto había bastado para refrescar mi memoria. ¡Oh, sí que me acordaba! ¿Qué quién era él? Un condiscípulo. El más rebelde, el menos aplicado y el más festejado por toda la clase á quien divertía con sus diabluras.

No pude reprimirme, y, á trueque de sufrir un reproche enérgico de mi poeta, me levanté y abracé al compadrito de bota de una pieza y de sombrero requintado sobre la frente.

Se sentó y bebió con nosotros. Al poco rato mis compañeros me abandonaron,