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GESTA

siempre escuchada por nosotros como una maldición.

Y él, aturdido, sin darse cuenta de mi exaltación y entusiasmo, me miraba escuchándome sin entenderme.

¡Qué lejos estaba para él todo eso! Me contó su vida. Había salido del pueblo hacía mucho tiempo. Su padre había muerto y él, libre ya de su mano de hierro, salió á rodar tierras.

Después... y antes de continuar yo vi cruzar por su frente una sombra siniestra. ¡Qué querés, hermano! dijo y golpeó la mesa con sus puños fornidos. Soy un desgraciado.

¡Si supieras! He muerto á un hombre. Hace tres meses resien que la justicia no me persigue.

—¿Cómo fué eso? Cuéntame.

Él me miraba con recelo. sin creer en la sinceridad con que le escuchaba.

Sí. Lo maté; lo maté en un atrio por maula. Nos querían ganar una elesión con trampas y con fraudes. Yo reuní mi gente; era fiscal y no podía permitir que nos robaran los votos. Atropeyamos las mesas, arrebatamos