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ALBERTO GHIRALDO

los registros y nos agarramos á balasos. El comisario cayó en mis manos. Yo lo buscaba. Me había ultrajado muchas veces. ¡Oh! y el golpe fué seguro; lo abrí como á un sapo!

Y el recuerdo de esta muerte producíale algo semejante á una alegría extraña, sintiéndose más hombre por haber consumado aquel delito.

Y siguió contando la odisea de su vida. Un tajo al sargento de policía un día que éste quiso castigarlo como á hijo; una puñalada á un jai-laife que pretendió robarle la querida; un balazo á ésta porque un día se fué á un baile sin su consentimiento: he ahí su historia. Consecuencias de estos hechos otras tantas condenas que pesaban sobre él y de las que se enorgullecía con fruiciones de bandido.

El instinto del crímen dominaba su organismo. Pesaba sobre su destino como una ley fatal é inevitable. Había nacido criminal. El fantasma rojo se le aparecía en sus noches, le cubría los ojos y le ponía en las manos una copa de sangre.