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ALBERTO GHIRALDO

nos y nerviosos, que siempre, al acariciar, producían estremecimientos de voluptuosidades únicas, eran las que se posaban sobre sus hombros. Era ella la que llegaba sorprendiéndole en su meditación. Y al mirarla, al encontrarse sus rostros, sintió él algo así como, una estupefacción deliciosa que le proporcionara un bienestar infinito; y se dió entonces cabal cuenta de la influencia enorme que aquella mujer debía ejercer en el mecanismo de su alma. Y olvidó por completo su propósito reciente para dedicarse, con empello vivaz, á la reconquista de su dicha que, hacía un momento, consideraba naúfraga, á inmensa distancia de puerto amigo.

Arrobada, como en éxtasis, le contemplaba Sarah.

—Pero, dime, dijo él, de pronto, esa carta...

—Te lo diré; todo eso es cierto; eso es verdad, porque yo así lo he sentido. Esa carta es sincera: mi sufrimiento ha sido una realidad, porque lo cierto, lo verdadero, en fin. es solamente aquello en que uno crée. Y piensa que no se