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Página:Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes - Tomo I (1858).djvu/388

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que fué devoto de la vírjen,^ y ahora añadiremos, que por esa razón puso su segunda empresa bajo su especial proteccion, y resolvió dar su nombre á las primeras islas que descubriera. La abogada de los marineros, la estrella del mar parecia, complacida de su homenaje, favorecer la navegación, dando tranquilidad y sosiego á los navegan- tes. Por espacio de doce dias y doce noches no hubo que dar una virada; la llanura herbácea no se divisó; pero el 26 de Noviembre sobrevino un chubasco, que duró cua- tro horas, durante el cual, percibieron los marineros el fuego de San Telmo por las perillas de los palos, con lo que se regocijaron, pues la jente de mar estaba persua- dida de que, cuando se fijaba sobre un bajel no podia zo- zobrar,2 por mucho que arreciara la tormenta.

Proseguian navegando bien; y pasadas siete singla- duras, el ahnirante, al observar las variaciones repentinas del viento, la calidad de la lluvia y el color de las aguas, conoció la vecindad de la tierra, á pesar de que ninguno lo sospechaba aun, y tan confiado quedó de descubrirla, que al cerrarse la noche hizo poner a la capa la escuadrilla, y hasta preparar las armas á todo evento. En efecto, al romper el alba el Domingo 3 de Noviembre, se vio por la proa de la capitana, una isla montañosa, á distancia de siete leguas próximamente. En honor del dia la puso Dominica.

Gracias solemnes se dieron á Dios por los huéspedes de la escuadra, cayo contento fué indescribible, pues la mayor parte de ellos, novicios en la vida de á bordo, es- taban hastiados del réjimen á que se hablan condenado, y suspiraban por la tierra. Al dirijirse á la isla se descu- brió otra á la derecha de la Marig alante, poblada de bos- ques inmensos; y un poco mas lejos cuatro mas. No ha- biendo podido encontrar un puerto seguro en la Domí-

1. Herrera. Sistoria jeneral de los viajes, &c, decada 1. lib. YI. cap. XV.

2. "Tenendo per certo che in. quelle fortune ov'egli appaia, niun possa pericolare." Fernando Colon, cap. XLV.