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En otros puntos de este estudio histórico, ya hemos hecho referencia á tan pésima situación, y al complemento de estos males, al tratar de los bachilleres y varchilones que despachaban á sus clientes á fuerza de llenarlos de mercurio y agua caliente, aniquilarlos con las sangrías y envenenarlos con el ignorante abuso de hierbas, cuya acción fisiológica desconocían por completo.

El espiritual Vicuña Makenna, tratando de los desordenes de los capachitos dice que los frailes de San Juan de Dios, se habían hecho calaveras, á fuerza de estar en las sepulturas.[1] Este mismo autor anota que dicha decadencia de la orden hospitalaria fué suprimida en gran parte por el famoso Corregidor don Luis de Zañartu, llamado el mano de fierro, durante su administración que duró desde 1772 hasta 1779.

En los dias de la patria vieja, los cargos y odiosidades contra esta institución se redoblaron, porque estos padres se hicieron realistas—salvo honrosas escepciones, como el padre Chaparro—y no disimulaban su mala voluntad para asistir á los servidores del ejército patriota. Fué público en aquellos dias, las dificultades y trabas que opusieron para incorporarse al servicio de los hospitales militares.

En cuanto á los religiosos, cuya obra nos ocupa, debemos consignar que si es verdad que hubo épocas en que abusaron de su puesto, en que fueron neglijentes en sus tareas, en que invirtieron las rentas en sus satisfacciones particulares,[2] y en algunos casos se entregaron, aún, á licenciosas inmoralidades, hay, sin embargo, hermosos períodos de actividad y corrección y huellas luminosas de caritativos y santos varones que se dedicaron por entero no sólo al cumplimiento estricto de sus obli-

    papas y una olla de mazamorra que á veces se cambia (por devoción de doña Clara de Toro) en otra cosa que no se comen los enfermos. Todo apesar de tener más de $3.000 de renta, censos, obsequios, chacras etc.»

    «La botica sin jarabes, ni pectorales, ni purgantes, ni aguas, ni polvos, ni semillas, ni raices, ni infusiones, ni ungüentos, ni lo demás necesario que para no dilatarme no nombro.

    El ungüento amarillo es sebo, la miel rosada es de cañas, el aguardiente cuesta pleito que se dé.»

  1. Los Médicos de Antaño en el reino de Chile, por Benjamin Vicuña Mackenna.—Ob. cit.
  2. Después del gran terremoto de 1647 en que quedó destruida la ciudad de Santiago, y sumida en la mayor miseria, los padres hospitalarios no cumplieron su deber y fueron amenazados con la destitución de sus puestos. La Real Audiencia se quejó al gobierno de España de esta anómala conducta, en cuya nota se decía «que los pobres padecían grandes incomodidades porque sus religiosos les faltaban en el sustento, y las limosnas y frutos de sus haciendas las consumían entre ellos.»