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le saca del corazón un palito ó de la parte dolorida, con que le ha sanado. Y como la enfermedad es muy diferente y natural, si muere de ella por no haberle aplicado medicina ninguna (como es lo ordinario) se escusa el médico con decir que ya él le sacó el vocado ó la flecha, que si después le tiraron otra y no le avisaron, que era fuerza que había de morir.

En estos embustes é ignorancias se funda la ciencia que aprenden estos médicos».

Los hechiceros que vivían en las cuevas de las montañas, como los huecubuyes, eran los preferidos para la enseñanza, porque en las soledades y ante la ermitaña figura del indio iniciado, encontraba más solemnes y misteriosas las absurdas mistificaciones.

En dichas cuevas aprendían los alumnos á conocer el porvenir, leyendo, en una fuente de agua, los hechos de las guerras y viendo en el humo de los sahumerios la suerte de sus amigos.

Ahí aprendían también los actos más inícuos para las venganzas y el mal de sus enemigos.

En la Araucana, de Ercilla, se encuentran algunas fantásticas octavas que describen la imaginaria cueva del hechicero Fitón, pero que dan una idea de los elementos que aparentaban guardar estos individuos para sus hechizos. [1]

  1. CANTTO XXII

    Vimos allí del lince preparados
    Los penetrantes ojos virtüosos
    En cierto tiempo y conjunción sacados,
    Y los del basilisco ponzoñozos;
    Sangre de hombres bermejos enojados
    Espumajos de perros, que rabiosos
    Van huyendo del agua, y el pellejo
    Del pecoso quersidros cuando es viejo.

    También en otra parte parecía
    La coyuntura de la dura hiena,
    Y el meollo del cencris, que se cría
    Dentro de la Libia en la caliente arena;
    Y un pedazo del ala de una harpía,
    La hiel de la informe Anfisibena,
    Y la cola del áspide revuelta,
    Que dá la muerte en dulce sueño envuelta.

    Moho de calavera destroncada
    Del cuerpo que no alcanza sepultura,
    Carne de niña por nacer sacada
    No por donde la llama la natura,
    Y la espina también descoyuntada
    De la sierpe cerastes, y la dura