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simpatía de la orden Rosa Cruz, la demonología de Roberto Flud, los amuletos, y hasta las muelas de Santa Polonia según gráficamente lo expresa el doctor Mata, distinguido profesor de la medicina española.

Los perros pelados, contra las calenturas, y su carne fresca para el hígado, son aún de uso entre la jente ignorante.

Los ojos de cangrejo, los cuernos de ciervo, basuras de marfil, uñas de la gran bestia, cerebros de liebre y de gaviota, corazón de buitre, piedra de ara, estiércol de lagarto y de gallina, sebo de león, asta del unicornio etc, etc. han sido remedios universales y que, á pesar del progreso moderno, siguen guardados en las boticas para el uso y recetarios de las médicas, hierbateros y brujos.

Numerosos detalles hemos apuntado al tratar de la medicina araucana y de los curanderos criollos, y de estos muchos son los que se igualan á las prácticas estrafalarias del charlatanismo y de jentes sin instrucción.

El uso de las plantas medicinales de Chile, anotado en pájinas anteriores, se generalizó bastante en el país y aún en la madre patria, como hemos visto en varios documentos, sin embargo el abuso que se hizo de ellas sin conocer bien sus propiedades fisiológicas ocasionó muchos males y desgracias irreparables.

Las farmacopeas antiguas, tanto matritense como americanas, encierran también esa confusión y mescolanza de medicinas útiles con sustancias impropias y de usos ridículos.

    de los españoles sin esperanzas de fugarse. Practicábase esta operacion con un machete afilado o con una especie de formon al cual se golpeaba con un martillo, haciendo que el indio pusiese el pié en un madero firme. Para evitar la hemorrajia consiguiente a esta cruel i ruda amputacion, se obligaba al indio a meter el pié en un caldero de sebo hirviendo, i así se contenia la sangre por cauterizacion. El maestre de campo Alonso González Nájera que escribía a principios del siglo siguiente su Desengaño de la guerra de Chile, debió ver practicar muchas veces esta operación, i la describe prolijamente admirando el estoicismo con que la soportaban los indios, sin lanzar un quejido i sin fruncir siquiera el ceño. Véase el libro citado, páj. 467.»

    En otras operaciones hechas á los indios como castraciones etc, se les curaba también con aceite hirviendo y se estaguaba la sangre con hierros candentes. Vicuña Makenna, en su Hist. crítica i social de Santiago, relata uno de estos castigos «que se ejecutaba por mano vil y por el cuchillo del verdugo. Ha quedado constancia de este género de castigo en el acta del Cabildo de 27 de Noviembre de 1551 en que tratando de imponérselo á un negro que habia abusado de una indiezuela, llamaron á la sesión á tres mercaderes que hablan residido en Lima, y habiendo declarado estos que la Audiencia de Lima solía aplicar el castigo que insinuamos, sin mas dilijencia entregaron al verdugo al infeliz africano cual si hubiese sido un potro salvaje. »