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la india Melchora, y estando ambas, tarde de la noche, solas, despiertas y sin acostarse sentadas sobre un estrado, le dijo la referida Melchora que ella entendía en hechicería y que sabía dar remedios para que las justicias no les hiciesen mal, ofreciéndole uno especial para que se escapase de tales daños. La india Josepha aprovechó de esta revelación para pedirle que le hiciese daño á doña Rita Dupré muger lejítima de don Alejo Zapata, y que la postrase en cama, como en efecto sucedió á la noche siguiente. Afirmó también que se le había encontrado á Melchora, un cántaro lleno de sabandijas oculto debajo de la cama, y que se lo habían botado al río de acuerdo con un vecino apellidado Becerra.

Llamada al juzgado la bruuj Melchora, dijo que no se acordaba que hubiese hecho el daño en la forma indicada por Josepha.—que quizás estaría borracha cuando se lo prometió—porque en verdad las cosas habían pasado de muy distinto modo. Reveló que lo cierto era que, con la india Marcela, una noche de habían vuelto chonchones y habían ido volando hasta la puérta de la choza de doña Rita á quién encontraron cenando con su marido, enviándole ambas el daño en castigo de haber tratado de prostituta á la referida Marcela. El daño se lo hicieron dándole un flechazo con un pajarito llamado llampeiqueen. En prueba de sus brujerías y de su pacto con el diablo, la india Melchora pidió que le llevasen una bolsita de bayeta colorada que había entregado á Fernando Quidea, en el momento que la tomaban presa.

Llevado al juzgado el dicho Quidea entregó la bolsita que contenía «una piedra mutga, dos corales, seis chaquiras, las tres blancas y las otras tres negras, con unas yerbas que al parecer estaban picadas, algo menidas».

Preguntada la bruja en qué consistía el hechizo de esos objetos, respondió que restregándolos hasta calentarlos entre las palmas de las manos, conocía los efectos que causaban los remedios en los enfermos.

Compelida por el vicario Mandiola á que repitiese la operación delante de la enferma doña Rita, tomó la bruja Melchora la bolsita colorada y comenzó á refregar las piedras y objetos hasta que dijo que ya se estaban calentando; en el acto la enferma, dió unos alaridos espantosos y dijo que sentía dolores agudísimos en las sienes, ojos y oídos obligando al señor cura á que suspendiese el experimento, lo que tuvo que hacer, cesando al instante los dolores de la atribulada doña Rita. Después de un momento se repitió la ceremonia con igual resultado que la primera vez. Confesó, además, que la india Marcela y el indio Lorenzo Liempangui eran también brujos y que con ellos ha-