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ríodo de la conquista, en pleno auje de su espada, avasalladora y soberbia, principalmente después de las victorias de San Quintin y de Lepanto, no tenia tiempo, en su guerrero orgullo, para dedicarse á los triunfos del saber. Y así se explica que, sólo á fines del siglo XVII vuelvan á aparecer dias precursores de lozania para las letras y la ciencia Ibérica.

En medicina el atraso era visible, supeditada por las naciones del viejo mundo que tampoco primaban en adelantos.

Los médicos arrastraban su profesión en medio del menosprecio público, debido á una prevención, tan injustificada como torpe, que creía indigno y bajo el ejercicio de esta misión; y si á esto se agrega el que los médicos de la colonia no eran por cierto lumbreras de la intelijencia, y hasta de probidad, descontando honrosas escepciones, se concibe entonces cual sería el papel que se les reservaba en este paupérrimo y belicoso dominio.

Los conquistadores no trajeron, pues, un bagaje científico, no diré suficiente pero al menos pasable para las necesidades primordiales de esta lejana tierra.

Los períodos de la medicina, místicos, filosóficos ó escolásticos, el empirismo de la escuela Árabe, los fundamentos nacidos de la Grecia, mezclados con las cábalas primitivas, no habían efectuado la evolución de su desenvolvimiento en los reinos de Castilla, á pesar de que la aurora del renacimiento manifestado en tangibles progresos daba mayor cohesión y nuevos rumbos á la ciencia de Hipócrates.

Los médicos humanistas españoles, latinos ó universitarios, y romancistas ó prácticos, armados de escasas nociones y de rudimentario arsenal terapéutico, no brillaban por su sabiduría, en la madre patria y mucho ménos, por cierto, en el suelo araucano.

Graves dificultades fueron la resultante de esta inferioridad intelectual que palpáronse, manifiestamente, en los primeros años del réjimen moderno.

Tal era la condición social é intelectual en que se tenía á los médicos, que una pragmática de Carlos III, en 1778, les prohibió ser rectores de las universidades de sus reinos.[1] Y como coronación de este estigma, la Real Audiencia les reglamentó hasta la percepción de los honorarios.[2]

La república no fué menos bondadosa en el decreto de Fe-

  1. Real Cédula para que se formen nuevas constituciones en esta Real Universidad de San Felipe, teniendo presente lo que expone el fiscal del Consejo en su dictamen sobre las antiguas de que incluye copia.—Arch. del M. del I.— Vol. 737.
  2. En los archivos del Cabildo hemos visto varios acuerdos sobre el