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bía asistido á la cueva de sus ritos donde había visto muchos hombres y mujeres que no conoce.

Terminó su declaración arrepintiéndose de su mala vida y pidiendo el cristianismo.

Por su parte la india Marcela Tangolab, se excusó de los cargos, y negó tener arte ni parte en las brujerías.

El indio Lorenzo confesó que era brujo por miedo á que lo mataran los demás brujos, y señaló el nombre de muchísimos hombres y mujeres que poseían el mismo arte aprendido en la 'cueva ó casa grande.

Agregó que, en dicha cueva, había un chivato-pillán, al cual tenían que besarle el rabo todos los que entrasen, y un lagarto ó culebrón grueso, de media vara de largo, que se les subía por las piernas hasta la corona de la cabeza, haciendo halagos á todos los que entraban con permiso del chivato. Expuso que muchos indios iban á la cueva en figuras diversas, algunos transformados en zorros, como Joseph Guaiquileb y Juan Catireu.

Este indio, Catireu, declaró como el anterior y aseguró que era exacto que se volvía zorro, perro ó pájaro según su voluntad, poniéndose unos untos en el cuerpo. Se dió por arrepentido y prometió enmendarse.

Numerosísimas declaraciones de otros indios son contestes en estos puntos, diferenciándose sólo en que algunos niegan que se hablase de maleficios y de otras enfermedades impuestas, en las sesiones de la cueva, en tanto que en otras se afirma y se señalan nombres de personas que sufrieron enfermedades y muerte por hechicería.

Algunas mujeres juraron que sólo iban á la casa grande con el fin de bailar y embriagarse, para lo cual tenían dentro de la cueva un cántaro lleno de chicha que nunca se agotaba, cuidado por la viejecita anchimalguén.

Este largo y variado proceso seguido por el juzgado eclesiástico á cargo del cura y vicario don Simón de Mandiola y sin conocimiento del protector de indios don Tomás de Urzúa, fué declarado nulo en vista de no acordársele facultades á dicho juzgado para este asunto pertinente al juzgado secular, quien se avocó la causa é inició un nuevo expediente.

En las confesiones de los reos, amparados abiertamente por el nuevo protector don Carlos de Lagos, se leen las rectificaciones y negaciones de las primeras declaraciones, que según ellos fueron hechas pura y exclusivamente por temor al castigo ó arrancadas por el látigo. De esta faz del proceso se deduciría la completa inocencia de los acusados, si no se se traslucieran las rivalidades con el primer juzgado actuante, y no hubiera otras fuentes de investigación histórica que manifiestan la audacia y