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to Orrego Luco, al fijarse en el papel que ha desempeñado el médico á travez de las distintas evoluciones del tiempo y de los progresos humanos, según lo veamos á caballo, en birlocho, en victoria ó én coupé, en pleno triunfo intelectual, social y político. Y en verdad, ha habido una idea innata en la humanidad que se ha conservado en todas las edades, que consiste en dejarse dominar por cierta exterioridad brillante que, con más ó menos persistencia, ha caracterizado la presentación pública, tanto de la autoridad como de los cultos y hasta de los intereses particulares.

La moderna civilización ha pulimentado esta fascinación popular que también se halla latente en las clases superiores é intelectuales, y que vivirá aún, por muchos años.

En el viejo mundo y en algunas repúblicas americanas, con más preferencia que entre nosotros, ha valido mucho la apariencia y la forma, para saber imponerse hasta en la vida profesional, donde un intelijente savoir faire ha obtenido, mas de una vez, elevadas posiciones junto á los que las han conquistado por el talento, ó por dignificante perseverancia en el estudio.

De la anterior exposición se desprende fácilmente el por que del agobiado y penosísimo medio en que actuó la medicina antepasada.

El advenimiento de la emancipación nacional, no modificó durante muchos años el anticuado resabio colonial.

El hábito de la libertad y las luces de la instrucción pudieron al fin borrar aquel pecado original con que nació nuestra república, lavada hoy en el agua lustral del progreso que le señala rumbos definidos y preclaros.


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    dica. En otras páginas, ya hemos visto que este elemento faltó en Chile y que por el contrario fué brillante en el Perú y México.

    Análogos simbolismos y fiestas se conservan todavía en algunos institutos.

    En Rio Janeiro y Bahía, los postulantes visten un traje talar llamado beca, imponiéndoseles, en el momento del juramento, un anillo de oro formado por la unión de dos culebras hipocráticas que sostienen una esmeralda, piedra que es considerada como simbólica del ejercicio médico, y que deben llevar, toda la vida, colocado en el dedo índice de la mano derecha, en recuerdo, como lo repiten los directores de dichas academias, de que su lengua debe ser muda y sus ojos no deben ver, durante su noble práctica profesional. Estas ceremonias que han tenido un laudable fin moralizador á la par que de brillo mundano, quizás hicieron falta entre nuestros antepasados para levantar el tono moral en que estaban los médicos, dadas las condiciones de atraso de la antigua sociedad chilena.