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menterio}, en pleno sol, «tostándose al verano» como decía Grajales en un informe, ó en medio de la humedad y del barro en invierno, sin más útiles que una navaja catalana, un martillo, un escoplo y un serrucho; los cadáveres putrefactos expuestos á la intemperie por varios dias, y que por escasos había que utilizarlos por completo, además de la omisión de prácticas asépticas, y de la antisepsia que entonces era desconocida, todo contribuyó á hacer insoportables los trabajos anatómicos y quirúrgicos, convirtiendo en sacrificados á los pobres estudiantes.

De la primera clase particular de Morán, que inició en 1827, murieron dos de sus tres alumnos, en el tercer año de su aprendizaje. En el primer curso público de anatomía, hubo otras dos víctimas y dos quedaron valetudinarios. En las clases siguientes, hasta el curso que terminó en 1860, siempre hubo que lamentar pérdidas irreparables.

Los jóvenes alumnos Abello, Mesías, Salmón y Juan Cruz Carmona, fundadores de la Escuela, fueron los primeros holocaustos caídos en aras de la humanitaria profesión, como irónico y cruento diezmo tanto más injusto y sensible, cuando los occisos, intelijentes, contraídos, queridos de sus maestros, eran hermosas esperanzas de la ciencia y de la patria.[1]

    piración divina que lo condujese á ellas, para no perder el gusto y odiarlo por demas; cuando uno se presentaba por primera vez á presenciar el asqueroso cuadro del anfiteatro, y el destrozo de los miembros humanos, cuya putridez se hallaba encerrada en el mal cuarto en que se verificaba la disección, sin aire que lo ventilase, sin agua, ni paños con que asearse, sin un vestuario a propósito para cubrir el cuerpo de los alumnos, y sin ninguna regla higiénica que los precaviese de los funestos estragos de la putrefacción y los contajios. De aquí resultó que cada curso daba sus víctimas casi por mitad, pues en el primero de Morán, en que solo había tres alumnos, murieron dos en el tercer año de su carrera; en el segundo que hubo seis, murieron otros dos, y dos se hicieron valetudinarios; en el tercero que hubo cinco, murió uno; en el cuarto murió otro, y así sucesivamente. Solo en los dos últimos cursos no ha habido víctimas, y esto es debido, sin duda, á las pequeñas mejoras que se han hecho, y al nombramiento de un disector, verificado el año de 1853 para la clase de Anatomía, pues hasta entonces el profesor con ayuda de los alumnos lo hacía todo, y este trabajo no pudo menos que casi hacer morir al profesor Padin, como murieron varios de los alumnos de sus cursos que lo acompañaron en estos trabajos.»

    Apuntes para la historia de la enseñanza médica en Chile—Memoria leída por don Miguel J. Semir en su incorporación á la facultad de Medicina, en Junio de 1860.—A. U. 19 pajs.

  1. En El Mercurio de Valparaíso, de Mayo 10 de 1837, se publicó el homenaje póstumo que los alumnos de medicina y del Instituto Nacional hacían á su compañero Cruz Carmona, del cual hemos tomado las siguientes palabras:

    «...consagrado de algún tiempo á esta parte á este penoso é interesante estudio con una aplicación extremada, llegó en breve á granjearse un lugar sobresaliente entre sus condiscípulos. Infatigable en el trabajo, an-