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§ IV.


El 17 de Septiembre de 1833, se dió un gran paso en los estudios anatómicos, inaugurándose en el patio del hospital de San Juan de Dios, el primer anfiteatro, construido bajo la dirección del profesor Morán y del laborioso administrador Diego Antonio Barros. Este local, observado como inconveniente, fue aceptado, por la poderosa razón de escacez de fondos, sirviendo para las primeras clases. Años más tarde, el anfiteatro se trasladó á la «Escuela Práctica de Medicina», situada en la calle de San Francisco, á los pies del edificio del hospital de San Juan de Dios, para establecerse, después, definitivamente, en la suntuosa casa, inaugurada explendorosamente en 1890 por el Presidente Balmaceda, y el Ministro de Instrucción Pú-

    sioso de cuanto pudiera adelantar en su carrera, prometió ser el consuelo de la humanidad aflijida, i un individuo que daría á Chile mayor brillo en su profesión; pero ha fallecido víctima de este mismo empeño de ilustrarse, i sus amigos que ven desvanecerse las esperanzas que de él se habían concebido, le consagran este sencillo i último tributo de amistad i de dolor.»

    En el periódico «El Araucano» de 21 de Mayo de 1841, hemos encontrado otro artículo necrológico, del cual tomamos los siguientes párrafos:

    «El estudiante de medicina don Enrique Salmón, dotado de un entendimiento perspicaz, de una estudiosidad infatigable i de aquella modestia que huye toda afectación, no menos íntegro que circunspecto i generoso á la par que humano, hubiera sido ciertamente el médico de nuestro suelo, si una temprana muerte no cortara por desgracia el estambre precioso de su vida, en vísperas de obtener su diploma. Su ardiente deseo de corresponder á las miras del Gobierno, en el estudio de las ciencias médicas, i el de ser útil á sus conciudadanos, desarrolló en el benemérito jóven tal precocidad en el conocimiento de las enfermedades i medios curativos, i tal destreza en las operaciones quirúrgicas que optando al único premio que dió el Instituto Nacional en el primer curso, i acreditado por la especial recomendación de sus catedráticos, granjeóse una reputación que, realizada por su corazón filantrópico i sus bellos modales, le hacían estimar de cuantos le hablaban.

    Ah! cuantos desvelos malogrados!

    Parece que en el estudio de la medicina, en este árbol de salud para Chile, hay una especie de fatalidad que destruye en flor sus mejores frutos, arrebatando los alumnos sobresalientes de ese plantel que hace tanto honor á la filantropía é ilustración del Gobierno.

    Temeríamos que los nombres de Abello, de Mesías i Carmona se presenten acaso á sus jóvenes compañeros como un aciago presajío, si no tuviesen ellos, en los conocimientos que cultivaron, el mejor preservativo contra esta aprensión supersticiosa.»