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cueva se halla situada en una quebrada inmediata á la casa en que vivió el finado José Merimañ, desde donde hay un camino para llegar á ella. De la casa donde vive Aurora Quinchén también parte otro camino que deja la cueva á la derecha como á distancia de cuarenta metros. Esa habitación está enmaderada, por dentro y tiene una mesa, cuatro sillas principales y tres bancos de madera.

Ahora veinte años y cuando era rey José Merimañ, se le ordenó fuera á dicha cueva para llevarle carne á unos animales que había dentro de ella. Cumplió la órden, llevándoles carne de un cabrito que degolló.—Merimañ lo acompañó y al llegar á la cueva, éste comenzó á dar unos saltos que acostumbran los brujos y en seguida abrió la puerta. Esta se hallaba cubierta con una capa de tierra (céspedes con pasto, para ocultarla) y cerrada con una chapa que tenía llave de alquimia. Se valió de ésta para abrirla y luego vinieron de adentro dos séres completamente desfigurados que se parecía el uno á un chivato porque también se arrastraba y el otro era un hombre desnudo y con barba y pelo completamente blancos y que le llegaban á la mitad del cuerpo. Á este último le conocían con el nombre de «Ibunche» y aquel con el de «Chivato». Este también tenía el pelo y la barba blancas y muy largos y su cuerpo lo tenía cubierto de una especie de cerda que le habían hecho salir con la yerba picochihún que se halla en los traiguenes, ó saltos de agua, con la cual le hacían fricciones y también se la hacían beber, sacándole el zumo de las hojas. Estos habitantes de la cueva aparentaban tener como cincuenta años, y después de su fundación existían reemplazándolos por otros cuando ellos morian.

Para adquirirlos se reunpia el consejo y determinaban las personas que debían ser el Ibunche y el Chivato y aun cuando ellos no quisieran, los tomaban por la fuerza y los encerraban en la cueva. Ahí los acostumbraban á vivir sin permitir que salieran á ninguna parte y manteniéndolos con carne de chivatom de cabritos y de niños difuntos que robaban en el panteón y dándoles á beber agua de picochihuín. Así acostumbraban á esos individuos a desempeñar el papel que de antemano se les había encomendado. De esta manera permanecían encerrados y sólo cuando ya estaban convencidos de que no se irían á ninguna parte, amenazándolos con la pena de la vida si se arrancaban, les daban de cuando en cuando permiso para que salieran de noche á divertirse. Esta libertad consistía en salir á dar brincos y gritos en la pampa como chivatos.

Tienen la creencia de que esos dos encerrados se convertían