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y de las crónicas pasadas, además de la tradición, conservada directamente por algunas familias que conocieron personalmente el valor moral y científico del Dr. Morán.

En la interesante obra «Los primeros años del Instituto Nacional» se trascribe la alusión festiva, con que Vicuña Mackenna quiso retratarlo endozándole esta pregunta hecha á un pobre pescador que gritaba sus pejerreyes en las gradas de Santo Domingo: «¿Porque clamorean esos insensibles bronces... etc.?—á lo que el buen hombre le respondió sin entenderle:—«á real y medio la sarta.»

Don Domingo Amunátegui Solar, rectifica en el apéndice de su libro la triste opinión que abrigaba de Morán, guiado por nuevas documentaciones escritas ó verbales que juzgan serenamente al primer profesor de anatomía.

Para comprender á Morán hay que estudiarlo desde sus principios modestos y en la enérjica lucha con que logró imponerse en un medio tan apegado á los resabios coloniales y prevenida en contra de una profesión que era sinónima de oficio vulgar é indigna de ejercitarse por los de sangre azul.

Morán que, aunque modesto, abrigaba el orgullo de su misión y de su saber, no desperdiciaba, en cambio, la ocasión para marcar la ignorancia y la necia vanidad de los que despreciaban al médico. De aquí se explican sus ironías y la altisonancia de lenguaje con que más de una vez hizo callar á sus contrincantes. Así es como discutía principios filosóficos con los que hablaban de ciencias nobles, envolviéndolos con su sagaz y fina dialéctica escolástica, terminando con una sentencia en latín ó con un adajio de circunstancias, alejándose en seguida calcando su tos y una especial sonrisa que reservaba para combatir á los fanfarrones. Oponía á la necedad la sátira.

Siempre tenía una salida oportuna y alguna cita feliz para expresar su pensamiento ó para cortar una discusión.

Me he detenido en estos detalles para juzgar con conocimiento de causa á un hombre que comienza á discernírsele justicia, á un profesor que ocupó puesto expectante al lado de maestros extranjeros que poseían caudales científicos adquiridos en los centros intelectuales de la vieja Europa, sin que se menoscabase su posición, formando, por el contrario, un haz homojéneo de personalidades dedicadas al trabajo y á la intelectualidad médica de esta nueva patria.

En el puesto avanzado del deber lo halló grave enfermedad que avasalló durante varios meses aquel cuerpo y aquella voluntad de hierro.

Su mejor alumno de anatomía, Martin Abello, tuvo el encargo de sustituirlo como profesor auxiliar, cayendo á su vez,