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este malogrado joven, víctima de la tisis, contraída durante su dedicación escolar.

Con su salud quebrantada el Dr. Morán reanudó sus tareas hasta poco antes de su muerte, acaecida el dia Sábado 19 de Diciembre de 1840, á los 69 años de edad.

Su hijo Bartolomé le reemplazó durante la reagravación de su enfermedad y en seguida hasta la ocupación en propiedad de la cátedra por el Dr. Lafargue.

De «El Araucano» del 1.° de Enero de 1840 tomamos las siguientes frases en homenaje á su memoria:

«Desaparecen unos tras otros por desgracia irreparable los pocos héroes que ya nos quedan de los que con sus talentos, virtudes y entusiasmo, nos dieran patria y libertad; y la pérdida de cada uno impone á sus conciudadanos el homenaje póstumo de gratitud á sus servicios, debiendo al mismo tiempo recordarse con veneración sus virtudes eminentes como un modelo que nos ofrece su memoria.»

«He aquí al hombre raro que después de haber servido á su patria en los peligros y en tan graves ocasiones, ejercitó hábilmente su lucrativa profesión, no para proporcionarse una vida cómoda sinó tan solo para curar gratuitamente al pobre, y lo que es más, darle con sus pocas ganancias el alimento y el remedio. El desvalido anciano, el huéfano indijente, la viuda vergonzante, fueron los objetos predilectos del alma ejemplar, magnánima y caritativa del Dr. Morán.»

Don José Miguel Infante, publicó en su honor un sentido artículo en «El Valdiviano Federal.»

Por su parte el alumno Francisco Javier Tocornal pronunció, al lado de su tumba, las palabras siguientes:

«El anciano respetable, catedrático de anatomía y doctor en medicina, el señor don Pedro Morán, acaba de bajar á la tumba. Un deber sagrado nos ha impuesto la obligación de venir á depositar en la huesa, los restos del chileno benemérito que, no ha muchos dias, apellidábamos nuestro compatriota, nuestro amigo, nuestro maestro.»

«No fué un maestro el que el Supremo Gobierno nos dió en el Dr. Morán, sino un padre tan celoso por nuestro adelantamiento que no había para él mayor gloria que el estar rodeado de sus alumnos, franqueándoles sus mismos libros y ofreciéndose á instruirlos no solo en las hora de clases, sinó en cualquier instante del dia.

El sentimiento de separarse para siempre de nosotros, antes de dar cima á nuestra carrera, fué lo que mas le amargó en sus postreros momentos.»