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sionales, aunque por corto tiempo, porque una negra predestinación quiso acumularle sinsabores profundos, que le obligaron á cortar, por su propia mano, la existencia.

En el discurso de elojio, y de incorporación á la Facultad de Medicina, de su sucesor el Dr. José Joaquín Aguirre, se halla descrito tan trájico y funesto fin, de la siguiente manera:

«El Dr. Lafargue ha muerto víctima de una malhadada predisposición de ánimo que le hacía dudar de su porvenir, y de una herida que recibió en los primeros pasos de su carrera científica, y sobre la cual venían á tocar después los desencantos de la existencia, y las descepciones que para el talento verdadero y para la alta instrucción reservan países tan poco competentes todavía para apreciarlos debidamente.

Apuntes sueltos, hallados entre sus papeles, lo muestran afectado de una negra misantropía, odiando á la sociedad, quejándose de la injusticia de los hombres y envidiando al cielo sus rayos vengadores.

    en un montón de basuras de la calle del Estado, una mano horriblemente mutilada, sin piel i sin carne.

    Sin pérdida de tiempo, el carretonero entregó aquel trozo humano, deforme i raspado á navaja, al intendente de la provincia, quien lo remitió al cirujano don Carlos Bustón para que practicase el correspondiente examen sobre el asunto. (Era voz corriente en aquella época que el Dr. Bustón, partero afamado, se había hecho amputar el dedo pulgar de la mano derecha para el mejor ejercicio de su práctica obstétrica.)

    El Sr. Bustón expuso que el trozo remitido era una mano de mujer, que debía haber sido amputada cuatro días antes.

    Envióse entonces aquel sangriento miembro al profesor de anatomía don Francisco Julio Lafargue, que había sido médico interno en los hospitales de Paris.

    Era un escritor distinguido que había publicado en «El Araucano» algunos artículos traducidos por don Andrés Bello; era un orador elocuente cuya palabra calurosa llevaba el convencimiento á sus alumnos; era un hombre grave, serio, melancólico, que se suicidó algún tiempo después, abriéndose las venas, como Séneca, en un baño de agua tibia.

    El Sr. Lafargue ratificó, por escrito, en todas sus partes el informe de Bustón.

    La alarma fué extremada.

    Con ocasión de este suceso, empezaron á contarse los casos más extraños.

    Algunos suponían que un marido celoso había asesinado á su mujer adúltera, descuartizándola presa por presa para ocultar su crímen.

    Otros sospechaban que algún amante frenético había dado la muerte á alguna niña que se le resistía.

    Otros pensaban que los vendedores de empanadas, tenían la costumbre de desenterrar los cadáveres para hacer con su carne picadillo (pino) de empanadas, i que alguno de aquellos delincuentes había botado aquel manojo de huesos después de haber confeccionado el sangriento é inmundo guiso.

    Los doctores Bustón y Lafargue opinaban que la mano había servido