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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/101

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Tacuara-Mansion

damajuana hasta la última gota, don Juan perdió por primera vez en la vida su impasible línea, y cayó, se desplomó como un elefante en la silla. Rivet sudaba hasta las mechas del cabello, y no podía arrancarse de la baranda del billar.

—Vamos—le dijo don Juan, arrastrando consigo a Rivet, que resistía. Brown logró cinchar su caballo, pudo izar al químico a la grupa, y a las tres de la mañana partieron del bar al paso del flete de Brown, que siendo capaz de trotar com 100 kilos encima, bien podía caminar cargado con 140.

La noche, muy fría y clara, debía estar ya ve lada de neblina en la cuenca de las vertientes. En efecto, apenas a la vista del valle del Yabebirí, pudieron ver a la bruma, acostada deside temprano a lo largo del río, ascender desflecada en girones por la falda de la serranía. Más en lo hondo aún, el bosque tibio debía estar ya blanco de vapores.

Fué lo que aconteció. Los viajeros tropezaron de pronto con el monte, cuando debían estar ya

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