con él a Rivet, hecho lo cual, se tendió de espaldas sobre el pasto de hielo.
Cuando volvió en sí, el sol estaba ya muy alto. Y a diez metros de ellos, su propia casa.
Lo que había pasado era muy sencillo: Ni un solo momento se habían extraviado la noche anterior. El caballo habíase detenido la primera vez,―y todas―ante el gran árbol de TacuaraMansión, que el alcohol de lámparas y la niebla habían impedido ver a su dueño. Las marchas y contramarchas, al parecer interminables, habíanse concretado a sencillos rodeos alrededor del árbol familiar.
De cualquier modo, acababan de ser descubiertos por el húngaro de don Juan. Entre ambos transportaron al rancho a monsieur Rivet, en la misma postura de niño con frío en que había muerto. Juan Brown, por su parte, y a pesar de los porrones calientes, no pudo dormirse en largo tiempo, calculando obstinadamente, ante su tabique de cedro, el número de tablas que necesitaría el cajón de su socio.