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Horacio Quiroga
Y a la mañana siguiente las vecinas del pedregoso camino del Yabebirí oyeron desde lejos y vieron pasar el saltarín carrito de ruedas macizas, y seguido a prisa por el manco, que se llevaba los restos del difunto químico.
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Maltrecho a pesar de su enorme resistencia, don Juan no abandonó en diez días TacuaraMansión. No faltó sin embargo quien fuera a informarse de lo que había pasado, so pretexto de consolar a don Juan y de cantar aleluyas al ilustre químico fallecido.
Don Juan lo dejó hablar sin interrumpirlo. Al fin, ante nuevas loas al intelectual desterrado en país salvaje que acababa de morir, don Juan se encogió de hombros:
—Gringo de porquería...—murmuró apartando la vista.
Y esta fué toda la oración fúnebre de monsieur Rivet.
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