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El hombre muerto
a él mismo, como, un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla,—descansando, porque está muy cansado...
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal, como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!,—vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido,—que ya ha descansado.
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