se abrieron y arquearon en su extremidad libre hacia arriba, hasta dar un aspecto de erizo al techo del bungalow. Cuando llovía, Orgaz cambiaba ocho o diez veces de lugar su cama, y sus muebles tenían regueros blancuzcos de agua.
Hemos insistido en este detalle de la casa de Orgaz, porque tal techo erizado absorbió durante cuatro años las fuerzas del jefe del Registro Civil, sin darle apenas tiempo en los días de tregua para sudar a la siesta estirando el alambrado, o perderse en el monte por dos días, para aparecer por fin a la luz con la cabeza llena de hojarasca.
Orgaz era un hombre amigo de la naturaleza, que en sus malos momentos hablaba poco y escuchaba en cambio con profunda atención un poco insolente. En el pueblo no se le quería, pero se le respetaba. Pese a la democracia absoluta de Orgaz, y a su fraternidad y aun chacotas con los gentiles hombres de yerbas y autoridades —todos ellos en correctos breeches, había siempre una barrera de hielo que los separaba. No podía hallarse en ningún acto de Orgaz el me-