muerto un burro. No fué el mismo Bouix a comprobar el inverosímil suceso, sino su hijo mayor, un hombrón tan alto como trigueño y tan trigueño como sombrío. El hosco muchacho leyó el letrero al pasar el portón, y ascendió de mal talante a la meseta, donde Orgaz lo esperaba con las manos en los bolsillos. Sin saludar apenas, el delegado de Bouix se aproximó al burro muerto, y Orgaz hizo lo mismo. El muchachón giró un par de veces alrededor del burro, mirándolo por todos lados.
—De cierto ha muerto anoche...—murmuró por fin.—Y de qué puede haber muerto...
En mitad del pescuezo, más flagrante que el día mismo, gritaba al sol la enorme herida de la bala.
—Quién sabe... Seguramente envenenado—repuso tranquilo Orgaz, sin quitar las manos de los bolsillos.
Pero los burritos desaparecieron para siempre de la chaora de Orgaz.