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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/125

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El techo de incienso

estaba en el monte o entre su mandioca, el muchacho lo llamaba con la turbina de la máquina de matar hormigas. Orgaz ascendía la ladera con la azada al hombro o el machete pendiente de la mano, deseando con toda el alma que hubiera pasado un solo minuto después de las once. Transpasada esta hora, no había modo de que el funcionario atendiera su oficina.

En una de estas ocasiones, mientras Orgaz bajaba del techo del bungalow, el cencerro del portoncito sonó. Orgaz echó una ojeada al reloj: eran las once y cinco minutos. Fué en comsecuencia tranquilo a lavarse las manos en l'a piedra de afilar, sin prestar atención al muchacho que le decía:

—Hay gente, patrón.

—Que venga mañana.

—Se lo dije, pero dice que es el Inspector de Justicia...

—Esto es otra cosa; que espere un momento—repuso Orgaz. Y continuó frotándose con grasa los antebrazos negros de bleck, en tanto que su ceño se fruncía cada vez más.

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