El inspector hojeaba despacio libro tras libro, sin levantar los ojos. Orgaz, sentado en la esquina de la mesa, tampoco decía nada. El visitante no perdonaba una sola página; una por una, iba pasando lentamente las hojas en blanco. Y no había en la pieza otra manifestación de vida aunque sobrecargada de intención,—que el implacabile crujido del papel de hilo al voltear, y el vaivén infatigable de la bota de Orgaz.
—Bien—dijo por fin el inspector.—¿Y las actas correspondientes a estos doce libros en blanco?
Volviéndose a medias, Orgaz cogió una lata de galletitas y la volcó sin decir palabra sobre la mesa, que desbordó de papelitos de todo aspecto y clase,—especialmente de estraza, que conservaban huellas de los herbarios de Orgaz. Los papelitos aquellos, escritos con lápices grasos de marcar madera en el monte—amarillos, azules y rojos,—hacían un bonito efecto, que el funcionario inspector consideró un largo momento. Y después consideró otro momento a Orgaz.