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Página:Horacio Quiroga - Los desterrados (1926).pdf/129

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El techo de incienso

—Muy bien—exclamó.—Es la primera vez que veo libros como éstos. Dos años enteros de actas sin firmar. Y el resto en la lata de galle titas. Bien, señor. Nada más me queda qué hacer aquí.

Pero ante el aspecto de duro trabajo y las manos lastimadas de Orgaz, reaccionó un tanto.

—¡Magnífico, usted!—le dijo.—No se ha tomado siquiera el trabajo de cambiar cada año la edad de sus dos únicos testigos. Son siempre los mismos en cuatro años y veinticuatro libros de actas. Siempre tienen veinticuatro años el uno, y treinta y seis el otro. Y este carnaval de papelitos... Usted es un funcionario del Estado. El Estado le paga para que desempeñe sus funciones. ¿Es cierto?

—Es cierto—repuso Orgaz.

—Bien. Por la centésima parte de esto, usted merecía no quedar un día más en su oficina. Pero no quiero proceder. Le doy tres días de tiempo—agregó mirando el reloj.—De aquí a tres días estoy en Posadas y duermo a bordo a las once. Le doy tiempo hasta las diez de la

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