a cabo su tarea en el tiempo emplazado. Pero su muchacho lo ayudó, dictándole.
Era éste un chico polaco, de doce años, pelirrojo y todo él anaranjado de pecas. Tenía las pestañas tan rubias que ni de perfil se le notaban, y llevaba siempre la gorra sobre los ojos, porque la luz le dañaba la vista. Prestaba sus servicios a Orgaz, y le cocinaba siempre un mismo plato que su patrón y él comían juntos bajo el mandarino.
Pero en esos tres días, el horno de ensayo de Orgaz, y que el polaquito usaba de cocina, no funcionó. La madre del muchacho quedó encargada de traer todas las mañanas a la meseta mandioca asada.
Frente a frente en la oficina oscura y caldeada como un barbacuá, Orgaz y su secretario trabajaron sin moverse, el jefe desnudo desde cintura arriba, y su ayudante con la gorra sobre la nariz, aun allá adentro. Durante tres días no se oyó sino la voz cantante de escuelero del polaquito, y el bajo con que Orgaz afirmaba las últimas palabras. De vez en cuando comían