tuvo aún tiempo de ayudar a su patrón, que a las dos de la tarde, con la cara grasienta y de color tierra, tiró la pluma y se echó literalmente sobre los brazos,—en cuya posición quedó largo rato tan inmóvil que no se le veía respirar.
Había concluído. Después de sesenta y tres horas, una tras otra, ante el cuadrilátero de arena caldeada al blanco o en la meseta lóbrega, sus veinticuatro libros del R. C. quedaban en forma. Pero había perdido la lancha a Posadas que salía a la una, y no le quedaba ahora otro recurso que ir hasta allá a caballo.
Orgaz observó el tiempo mientras ensillaba su animal. El cielo estaba blanco, y el sol, aunque velado por los vapores, quemaba como fuego. Desde las sierras escalonadas del Paraguay, desde la cuenca fluvial del sudeste, llegaba una impresión de humedad, de selva mojada y caliente. Pero mientras en todos los confines del horizonte los golpes de agua lívida rayaban el