cielo, San Ignacio continuaba calcinándose ahogado.
Bajo tal tiempo, pues, Orgaz trotó y galopó cuanto pudo en dirección a Posadas. Descendió la loma del cementerio nuevo y entró en el valle del Yabebirí, ante cuyo río tuvo la primer sorpresa mientras esperaba la balsa: una fimbria de palitos burbujeantes se adhería a la playa.
—Creciendo—dijo al viajero el hombre de la balsa.—Llovió grande este día y anoche por las nacientes...
—¿Y más abajo?—preguntó Orgaz.
—Llovió grande también...
Orgaz no se había equivocado, pues, al oir la noche anterior el tronido de la lluvia sobre el bosque lejano. Intranquilo ahora por el paso del Garupá, cuyas crecidas súbitas sólo pueden compararse con las del Yabebirí, Orgaz ascendió al galope las faldas de Loreto, destrozando en sus pedregales de basalto los cascos de su caballo. Desde la atiplanicie que tendía ante su vista un inmenso país, vió todo el sector de cielo, desde