su tercio, rematada con una lata, y por cuyos agujeros el agua entraba en bigotes.
Durante un rato el dueño de la canoa paleó perezosamente por el medio del río; pero como llevaba caña adquirida con el anticipo de Orgaz, pronto prefirió filosofar a medias palabras con una y otra costa. Por lo cual Orgaz se apoderó de la pala, a tiempo que un brusco golpe de viento fresco, casi invernal, erizaba como un rallador todo el río. La lluvia llegaba, no se veía ya la costa argentina. Y con las primeras gotas macizas Orgaz pensó en sus libros, apenas resguardados por la tela de la maleta. Quitóse el saco y la camisa, cubrió con ellos sus libros y empuñó el remo de proa. El indio trabajaba también, inquieto ante la tormenta. Y bajo el diluvio que cribaba el agua, los dos individuos sostuvieron la canoa en la canal, remando vigo rosamente, con el horizonte a veinte metros y encerrados en un círculo blanco.
El viaje por la canal favorecía la marcha, y Orgaz se mantuvo en ella cuanto pudo. Pero el viento arreciaba; y el Paraná, que entre Cande-