laria y Posadas se ensancha como un mar, se encrespaba en grandes olas locas. Orgaz se había sentado sobre los libros para salvarlos del agua que rompía contra la lata e inundaba la canoa. No pudo, sin embargo, sostenerse más, y a trueque de llegar tarde a Posadas, enfiló hacia la costa. Y si la canoa cargada de agua y cogida de costado por las olas no se hundió en el trayecto, se debe a que a veces pasan estas inexplicables cosas.
La lluvia proseguía cerradísima. Los dos hombres salieron de la canoa chorreando agua y como enflacecidos, y al trepar la barranca vieron una lívida sombra a corta distancia. El ceño de Orgaz se distendió, y con el corazón puesto en sus libros que salvaba así milagrosamente, corrió a guarecerse allá.
Se hallaba en un viejo galpón de secar ladrillos. Orgaz se sentó en una piedra entre la ceniza, mientras a la entrada misma, en cuchillas y con la cara entre las manos, el indio de la canoa esperaba tranquilo el final de la lluvia que tronaba sobre el techo de cinc, y parecía